Estuvo bueno

En el ascensor hay un olor típico a ascensor. Eso me calma.

— ¿Cómo me veo? — pregunto, desordenándome un poco el pelo frente al espejo.

— Estás bien así — responde Melina.

Llegamos al último piso y bajamos de la cabina metálica hacia un pasillo con todas las paredes cubiertas de cuadros. Alcancé a detenerme en algunos hasta que alguien abrió la puerta del departamento.

— ¡Hola! Qué bueno que vinieron — exclamó la amiga de Melina —. ¡Pasen!

Una vez adentro, intercambiamos abrazos y palmadas en la espalda, con un gran ¡Feliz cumpleaños! de rigor. No tardó en aparecer desde la cocina un tipo alto, quien al vernos abrió los ojos e inclinó el mentón hacia arriba. Se veía imponente, pero amigable.

— Hola, tío — lo saludó Melina —. Le presento a mi pololo.

— ¿Vinieron al cumpleaños de mi hija? Pasen. Mi nombre es Jorge — acto seguido, estrechamos las manos y asumí que no había protocolo sanitario —. A estas alturas ya están todos medios puestos, acabamos de almorzar — agregó, mientras caminaba en dirección a una puerta de dos hojas. Nosotros lo seguimos.

Ingresamos al comedor y los invitados que estaban sentados alrededor de la mesa se voltearon hacia nosotros.  Eran entre diez y quince personas, no recuerdo el número exacto. Pero suficientes como para justificar que mi saludo se redujera a simplemente mover la palma de la mano levantada, mientras sonreía y miraba fugazmente a cada uno de los comensales. Me sentía como la reina Isabel II.

— ­Pónganse a tono — ordenó el anfitrión —. Siéntanse como en su casa.

Yo, muy obediente, me acerqué a la mesa y tomé dos copas relucientes, que esperaban ansiosas nuestra llegada. Presentí que l papá de la cumpleañera estaba pendiente de mis movimientos, lo que corroboré al darme vuelta y toparme con él de frente. Estaba apuntándome con una botella recién abierta. Llenó nuestras copas hasta más arriba de la mitad del vaso. Agradecí y le pasé una a Melina. Acerqué la copa a mi nariz e inhalé. Volví a inhalar. Activé los sentidos. Luego, bebí un trago.

— Está rico el vino — sentencié tras el ritual.

— ¿En serio? — preguntó él, como si existiese la posibilidad de que no fuera cierto.

— Sí.

Pensé en comentar lo punzantes que se sentían los taninos en mi paladar y algunas otras sandeces que decían en la etiqueta de la botella, pero finalmente desistí. Quizás para más adelante, cuando todos estuvieran lo suficiente ebrios como para no poder distinguir si se trata de una broma o están frente a una persona sofisticada.  

— Yo a ésta la conozco desde que era así — dijo Jorge refiriéndose a Melina, agachándose un poco y sosteniendo su mano abierta a un metro del piso. Yo observaba, asentía y bebía. Volvió a erguirse y acercó su boca a mi oído, como para decirme algo que no le concernía al resto.

— Oye, flaco — bajó la voz y se me acercó un poco más —. Cuídala, mira que yo la quiero re-harto.

Lo miré fijamente a los ojos, muy serio. Fueron por lo menos diez segundos los que me sostuvo la mirada esperando una reacción.

— Yo la amo — disparé, inhabilitando por completo los futuros Cuídala que me esperaban para el resto del cumpleaños. La expresión conmovida de Jorge me lo confirmó.

— ¡Salud! — alzó su copa mientras me empujaba hacia él abrazándome. Yo alcé la mía y brindamos. Sentí que me adoptaba como su Consigliere.

            Me apoyé en el buffet que se encontraba frente a la mesa del comedor, en el sector cercano a la cabecera, de espaldas al ventanal que daba a la terraza. Ahí estaba sentado el abuelo de la cumpleañera. Tenía cerca de noventa años, algo así. Pero ahí estaba, utilizando un tenedor y un cuchillo para triturar la última hoja de lechuga que le quedaba en el plato. Valiéndose por sí mismo, estoico. Me produjo admiración.

— Ojalá llegar así a viejo — me interpeló un treintañero, al verme asentir con la cabeza mientras miraba al abuelo.

— Ojalá llegar a viejo — repliqué.

— Ojalá — concluyó, apretando los labios y arqueando las cejas. Yo imité el gesto, acertado y fácil de ejecutar, mientras él se alejaba lentamente en dirección a la cocina. Oja. Me contuve.

Salí a la terraza. Un caballero de aspecto bonachón y mejillas rosadas, probablemente por culpa del alcohol, animaba a un grupo de jóvenes. Andrés, como me contaron después que se llamaba, los tenía a todos absortos en su relato. Me interesó.

—...le está yendo bien al Gonzalito — le alcancé a escuchar. Mordí el anzuelo. Me paré a su lado derecho, lo suficientemente cerca como para que no pudiera ignorar mi presencia. Y mordió el anzuelo.

— Mi hijo organiza una discoteca que queda por ahí, al final de Bellavista, en ese lugar que parece un castillo — precisó, girando la cabeza hacia mi e incorporándome en la dinámica.

— ¿Campus Central? — sugerí, levantando mi copa para beber un sorbo de vino mientras esperaba su confirmación.

— ¡Esa misma! — asintió él, apuntándome con un par de dedos que sostenían un cigarro.

— He ido alguna vez — por mi cabeza atravesaron recuerdos de las veces que estuve en ese lugar, como si hubieran pasado muchos años desde la última que fui. Y en efecto.

— Es súper buena, los lolos lo pasan tan bien. Fíjate que yo mismo con mi señora nos paramos en la entrada para recibir a los chiquillos — dijo, apuntando con un generoso dedo gordo hacia la mujer que estaba a su lado izquierdo —. Ella es mi esposa, Sandra.

            Una señora de similares proporciones y con una personalidad públicamente alegre, nos saludó a todos dándonos la mano. Uno por uno. Cada saludo secundado por una frase chistosa. Fuimos afectados positivamente, estábamos frente al alma de la fiesta.  

Pero el marido interrumpió el momento.

— De hecho, una vez incluso fue un tal Rulos, o algo así, bien famoso entre los cabros — continuó, extrayendo de su bolsillo una caja de cigarros. Al principio creí que se refería a Leo Rey, pero luego recordé que estábamos hablando de Campus Central y no de una discoteca de El Tabo.

— ¿Jason Derulo? — intento adivinar.

— ¡Ese mismo! Una vez fue para allá también… — decidí que era momento de aventurarme en otra conversación. Ya había escuchado suficiente sobre el regalón, quien me recordaba a un compañero de curso en la media que organizaban discotecas y emprendía con la plata de sus padres. El papá, empresario. La mamá, diputada.

— ¡Salud por el Gonzalito! — escuché a mis espaldas, mientras ingresaba nuevamente al comedor.

Tenía la copa vacía, así que agudicé la vista para identificar alguna botella. Todas áridas. Cuando estaba comenzando a entrecerrar los ojos para extremar recursos en mi búsqueda, se acercó un tipo con el pelo perfectamente peinado. Vestía una camisa celeste, nada aparatosa, de una marca que no pude distinguir. Abajo, unos pantalones de tela color caqui, conservadores, tradicionales, retrógrados.  Pero, de todas formas, despuntaba elegancia. Era una versión de Eliot Ness en un cumpleaños familiar en San Miguel.

— ¿Vino? — me preguntó, sosteniendo en su mano derecha una botella recién abierta.

— Sí, por favor — luego de escuchar mi respuesta, inclinó la botella y dejó caer el licor al interior de mi copa. Una vez que estaba casi llena, fingí un poco de mesura —. Ahí nomás, muchas gracias.

— Yo estoy casado con la mamá de Rodrigo, el joven con el que estabas hablando hace un rato.

Intenté hacer memoria.

— Ella es mi esposa, Sofía — agregó, señalando hacia el comedor. Ahí, una señora igual o más elegante que él, parloteaba con recato y en tono simpático.

— Ah, ¿y ustedes son familiares de la cumpleañera? — indago.

— No, no. Lo que pasa es que Rodrigo es el pololo de Samuel, el hermano de la cumpleañera.

— Ah, perfecto. No había hecho la conexión.

— Bueno, al principio igual fue una noticia super heavy. Pero después todo bien, salimos adelante y todo — prosiguió —.

— Ah, ¿y a qué se dedica usted? ¿quiere un tabaco? — pregunté, mientras hurgaba en mis pantalones con la esperanza de encontrar papelillos.

— No, gracias. Yo soy carabinero retirado, fui muchos años carabinero. Ahora me dedico al transporte. Trabajo en la empresa Metro. ¿Y tú?

Sólo retuve “muchos años carabinero”. Era una buena versión de Eliot Ness.

           

            Me encontré nuevamente apoyado en el buffet, observando y bebiendo un vino distinto al anterior. Las botellas nunca se acababan.

— Vi que estabas hablando con el esposo de mi mamá — volvió a interpelarme el treintañero con el que había conversado hace un rato en el mismo lugar.

Logré hacer memoria. Rodrigo.

— ¡Sí! Hablamos un rato. Simpático tu papá.

            Al igual que en el encuentro que habíamos tenido previamente, Rodrigo dio media vuelta y caminó en dirección a la cocina, a diferencia de que esta vez no hizo ningún gesto. Sólo se retiró. Afortunadamente, nadie tuvo tiempo para notar esa extraña interacción, pues las luces del comedor se apagaron de repente.

— ¡Va a empezar el karaoke! — dio la alerta una de las tías, supuse, de la cumpleañera.

— ¡Una de La Ley! — grité apuntando al DJ. Samuel estaba sentado con el notebook apoyado en las piernas, transformándose rápidamente en el centro de gravedad del parlamento. Nadie se resistió. Todos comenzaron a gritar sus preferencias.

— ¡Los Prisioneros!

— ¡Gilda!

— ¡Torero!

            Mientras los distintos invitados rivalizaban en torno al artista o la canción que debía sonar en ese momento, Sandra se levantó de su silla con decisión.

— Yo canto — decretó.

El estatus se volvió a distribuir. Mientras ella entonaba a viva voz los versos, algunos se miraban sorprendidos con la persona que tenían sentada al lado. Abrían los ojos y asentían con la cabeza, como queriendo compartir un sentimiento generalizado sin la necesidad de verbalizar nada. Todos movían sus cabezas al compás de los gruesos movimientos de flamenco del alma de la fiesta. Andrés ocupaba uno de los asientos preferenciales en el comedor, de los más cercanos al escenario. Independiente de que sus mejillas habían pasado del color rosado al rojo, la expresión de su cara delataba la admiración que sentía hacia la mujer.

            Aplausos ensordecedores invadieron por completo el living y el comedor. Sandra había dejado la vara demasiado alta.

Era momento de pasar a la siguiente canción. Samuel estaba consciente de ello y se puso manos a la obra. Reapareció el sonido. Comenzó a deslizarse por mis piernas, subiendo en dirección a mi columna mediante un movimiento sinusoidal, hasta llegarme a la nuca y apoderarse de mí por completo. Uff. Esa canción de Los Ángeles Negros, que no recordaba cómo se llama, pero que deseaba mucho cantar. Menos mal Samuel no aceptó las sugerencias de nadie.

— “A la mujer que tanto amé” — precisó la supuesta tía que alertó el comienzo del karaoke.

Con Melina nos miramos buscando complicidad.

— ¿Vamos?

— Vamos.

            Nos dirigimos hacia el escenario improvisado en el living, al que se tenía una vista privilegiada desde el comedor.

— ¿Y a ustedes les gusta la música antigua? — nos preguntó Sofía en la mitad del camino a la gloria, sorprendida ante nuestra determinación.

— Nos encanta.

Todo fue un cuento de mil y una noches

Todo un poema de amor y ternura

Nos envidiaba hasta el mar que jugaba

A esconderse allá en las dunas

 

Tanto vagar por las noches de luna

Era un andar por arenas doradas

Eran dos almas de amor empapadas

Que de quererse jamás se cansaban 

Ella cantaba bastante mejor que yo, así que me conformé con hacer unas tímidas segundas voces. Nuestros ojos se encontraban en las partes de la canción que sabíamos, en las que podíamos prescindir de la letra que se desplegaba en el proyector. Deseaba que durase al menos siete minutos. 

Tuvo en la arena su lecho de espumas

Quiso por techo un cielo estrellado

Y aunque fue mía una noche en verano

Ya rendida me engañaba

Me sentí hastiado del vino. Incliné un poco la cabeza para ver si adentro había alguna botella de licor. Nada. Tuve que hacer uso de mecanismos de supervivencia poco ortodoxos.

— Podríamos tomar algo helado, me dio calor de tanto cantar — me aventuré.

— Tengo ron, pero está en la cocina. ¿Quieres? — respondió la cumpleañera.

— Bueno, ya.

Melina me miró con cara de desaprobación, como queriendo decirme Qué eres desubicado. Yo le devolví la mirada, como queriendo decirle Tómate un roncito conmigo. Total, después nos vamos caminando. Esbozó una pequeña sonrisa mientras negaba con la cabeza. Ella jamás cambiaría una copa de vino por un vaso de ron con Coca-Cola. Yo, en cambio, no soy de extremos.

— Voy al baño y vuelvo — le dije a Melina, deslizando mi mano entre la suya y dejando el vaso en la mesa.

Mientras iba cruzando el comedor hacia la salida, escuché una conversación aledaña que apenas pude distinguir. Observé y se encontraban sentados Samuel y una de las amigas de la cumpleañera. Por el tono de voz, inferí que se trataba de un tema bastante íntimo. Reducí levemente la velocidad de mis pasos para ingerir la mayor cantidad de información posible.

— Me hizo mierda. Se portó muy mal conmigo, así que me separé de él y me vine a vivir aquí de nuevo, con mis papás — relataba Samuel.

— Pero ahora ya estás feliz, ¿o no?

— Sí, mucho mejor ahora. Rodrigo es un amor conmigo. Me ha hecho muy bien.

Todo fue engaño y falsas promesas

Todo mentira, qué lindas mentiras

Era su cuerpo cual fruta de mayo

Que en otros brazos también, maduraba 

            Entré a una de las piezas de al fondo del pasillo y encontré el baño que estaba dispuesto para las visitas, tal como me indicó la cumpleañera. Entré y cerré con pestillo. Dejé correr el agua para lavarme las manos. Me miré en el espejo y tenía las encías moradas. Demasiado vino. Las froté contra mi dedo índice para que volvieran a su color natural.

            Apagué la luz y salí del baño, encontrándome sorpresivamente con Jorge sentado en la cama de la pieza.

— Buena, flaco. Ven a sentarte para acá conmigo — me hizo un gesto para que me acercara. En la otra mano sostenía la copa de vino. Yo, nuevamente, obedecí.

— Tenís’ que aprovechar que erís’ joven, hueón — me dijo, luego de sentarme a su lado.

— Sí… — no supe qué responder, pero dio igual porque fue sólo una trivial introducción a una conversación más densa.

— Yo no sé si mi hijo me vaya a perdonar lo concha de su madre que fui con él — bebió un sorbo de vino y posó su brazo sobre mi hombro —. Una vez, cuando él era chico, debe haber tenido unos catorce o quince años, lo pillé de la mano con uno de sus compañeros de curso. Le saqué la mierda — continuó él —. Estoy seguro de que la Jessica, mi señora, jamás me lo va a perdonar tampoco. Ahora ya es muy tarde, no está ni ahí conmigo. Así que tú aprovecha, aprovecha que no la hai’ cagado tan firme como yo.

Me miró con los ojos de alguien que está profundamente afectado, una mezcla entre culpa y desazón. Luego, agachó la frente. Sentí que estaba a punto de desbordarse en lágrimas. Pero no tardó en incorporarse. Repentinamente, levantó la cabeza, me clavó la mirada y estiró el cuello hacia atrás, lo más que pudo, como para tener una vista panorámica de mí. Sus ojos se secaron y se tornaron severos.

— ¿O sí, flaco? — Su voz ya no temblaba.

— Vamos a cantar cumpleaños feliz — interrumpió Benjamín, que nos miraba desde el marco de la puerta, sin soltar la manilla. Jorge volteó la cabeza en dirección al yerno y retiró su brazo de mi hombro.

— Ya, muchas gracias, vamos altiro — fue mi respuesta. Me paré de la cama rápidamente y le dirigí la palabra al patriarca — Vamos, de ahí seguimos conversando — mentí.

            En el comedor tuvo lugar el evento estelar de la jornada. El ritual fue el mismo que se acostumbra. Luces apagadas e ingreso ceremonial de una torta con muchas velas. Coro. Tres deseos. Aplausos.

            Observaba cómo el abuelo se esforzaba en pulverizar con una cuchara el pedazo de torta que tenía en su plato, cuando Jorge se me acercó y me abrazó por el hombro. La posición que más le acomodaba.

— Eres lindo, hueón — me dijo.

Acepté su cumplido dándole unas palmadas mansas en la espalda.

— Es lindo este hueón — insistió, sólo que esta vez en un tono más alto para que se enterasen algunos de los presentes. Para mi alivio, todos los que escucharon decidieron ignorarlo al desconocer los motivos de su afirmación.

¿Dónde estás ahora, mujer que tanto amé?

Tu risa mañanera sigue despertándome 

— Deje ahí no más, amorcito. Después ordenamos juntos — mintió Jorge. Apoyó una mano en la espalda de Jessica, empuñando la copa de vino en la otra, y la condujo hacia la puerta de entrada, donde estaban las visitas.

            Los invitados intercambiaban impresiones y buenos deseos. Las conversaciones se superponían unas con otras, entremezclándose las múltiples despedidas. La ceremonia había llegado a su fin.

— Sí, por supuesto, veamos las carreras juntos. Coordinemos — respondió Eliot Ness a una propuesta de Jorge que no alcancé a identificar. La mentira fue evidente. Es obvio que evitará cualquier tipo de coordinación hasta que lo exijan las buenas costumbres que vinculan a los suegros, por lo menos en seis meses más.

Nosotros fuimos los últimos en despedirnos.

— Muchas gracias por todo. Lo pasamos muy bien — le dije a Jorge, estrechándole la mano.

— ¿En serio? — respondió él, escéptico.

— Sí.

            Salimos por la puerta principal yo, Melina, la cumpleañera y Benjamín. Escoltamos al resto de los invitados y a Samuel, que acompañaría a Rodrigo hasta el estacionamiento. Tuvimos que esperar a que ellos bajaran primero, pues en el ascensor no cabíamos todos. 

Si al volver dijeras "olvido no logré"

Mi razón diría

¡Mientes, mientes, mientes!

Me gustaría saber qué comentan las parejas una vez que despachan a sus invitados. Un Estuvo bueno es una obertura, una invitación a exteriorizar la composición de pensamientos guardan los anfitriones individualmente sobre el encuentro. Un Estuvo bueno puede funcionar también como un sutil mecanismo de omisión de conflictos pequeños e incomodidades que se hubiesen producido durante la velada. Por ejemplo, un mal tono, un hablar de más o una señal de humillante desdén frente al resto de los invitados. En estos casos, la efectividad del Estuvo bueno dependerá del tamaño de la afrenta, difícilmente cuantificable. Si no evoca una conversación distendida en torno a los sucesos del encuentro que acaba de concluir, es probable que haya que recurrir a un ¿Pasa algo? Independiente de la respuesta, siempre hay que profundizar en los motivos por los cuales la cagaste tú o, si estuviste presentable, alguno de tus anfitriones. Los chivos expiatorios.

¿Cuántos Estuvo bueno habrá pronunciado Jorge a lo largo de su vida? Quizás esa noche, como tantas otras, un Estuvo bueno no habría producido el efecto deseado. O ningún efecto.

Subimos al ascensor y los demás invitados se agruparon en el pasillo, con el cierre de la puerta dando por finalizado el rito. Desde el otro lado, imaginé a Jorge dentro del departamento, alejándose de la entrada y volviendo con dificultad al living. Se paró en la mitad de lo que fue el escenario, donde las decenas de botellas hacían de espectadores mudos. Intentó articular en su cabeza una oración medianamente coherente que le permitiese establecer un puente de comunicación con la esposa y que no lo dejara en ridículo frente al público de vidrio. Pero antes del tiempo que necesitaba para resolver el crucigrama mental, la anfitriona asomó desde la cocina, lista para comenzar a ordenar raudamente. Con la mirada aparentando extravío y haciendo como si el marido no existiese, comenzó a agrupar las botellas vacías. Jorge fue incapaz de soportar esa tortura y expulsó con sus labios teñidos de morado el preludio de una catarsis.

— Jéssica, ¿tú me amas?

 


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